La justicia siempre había sido parte del ámbito de mi hogar: armas, uniformes y militares era vida normal para mí y mis padres.
Después de saber lo que se siente perder a alguien especial en tu vida a causa de la violencia, las guerras y el terrorismo, nadie quisiera seguir esos pasos.
No era tiempo de acordarme de él pero un simple recuerdo grato me hacía sonreír. Las cosas que había sentido por aquel compañero de tropa de mi padre, la persona que dio su vida por mí y el único que había podido conquistar algo más que un territorio, me había atrapado con el simple brillo de sus serios y pequeños ojos. El color chocolate oscuro y el palpitar de sus pupilas me hacían estremecer ante el mínimo contacto.
Su aparición en mi vida había sido parte de una reunión condecorativa de mi padre y, la segunda vez, en el funeral de la persona que más quería y tenía en mi vida como lo era mi papá.
La camisa azul y su chaquetilla de alpacuna más azulada, lo contrastaban en la misa junto a sus compañeros, su mirada perdida y seria hacia adelante mientras una boina de pana negra se le acomodaba en el cabello corto oscuro y un poco rizado. Sus condecoraciones plateadas y doradas, sus premios al valor lo hacían tan despampanantemente importante con sólo veintidós años de edad.
Ni bien empezaron a nombrar a los soldados caídos en Alemania, el nombre de su hermano mayor estaba allí como el de mi padre. Sus ojos bajaron al alfombrado y su postura rígida parecía abandonarlo. Se lo sentía algo ahogado pero seguía manteniéndose en forma queda. La iglesia era un escenario tan desconsolado entre las madres y esposas de los soldados, las líneas de la tropa de ese muchacho se centraban en el luto con la banda negra en su brazo derecho y sus manos en su espalda.
Yo estaba sentada junto a mi madre, las dos compartiendo el negro luto con vestidos entallados largos y tan poco esperados de usar sino eran para un familiar anciano. Mis lágrimas se acongojaban al escuchar mi apellido:
- Cnel. Houston – él me miró a la vez que mi madre no podía dejar de llorar a mi lado. Bajé la mirada al instante que se apegó a la mía. No era momento de pensar en él.
Mientras terminaba el acto para los soldados, mi cabeza me repetía más de mil veces que debía enamorarme de alguien que no esté en la milicia, ya que había sufrido toda mi vida la ausencia de mi padre y no lo quería para mis hijos. Aunque mi padre quería que me desposara con un buen hombre de alto rango en las Fuerzas Armadas, no me apetecía tanto saber que si me enamorara más allá del arreglo matrimonial, mi esposo moriría a sangre fría en batalla. No quería eso para nadie más en este mundo.
Todos se decían sus condolencias mientras los soldados, el muchacho y sus compañeros, se iban formando en una fila perfecta y alejándose de la catedral. Era hora de que todo comience su curso de nuevo, sin mi padre, sin los ojos de aquel muchacho, sin más pesares...
Caminé del brazo de mi madre hacia el auto que nos esperaba.
Allí volvía a estar. Tenía la misma expresión reservada y desorientada. Sus padres estaban con él, viendo como él caía en los brazos de su madre en total tristeza como si toda esa severa seriedad se haya esfumado por completo. Después de todo, no tenía más a su hermano.
Mi madre caminó hacia el chofer del auto y vi cómo le pedía que le abriera la puerta. Yo sólo podía distinguir la diferencia de clases con Nicholas, la forma cálida en que ellos se resguardaban de la pérdida, presintiendo que se irían todos a su gran casa a estar juntos.
Eso no me tocaba a mí.
Mi madre no lo había amado lo demasiado a mi padre para llorarlo más de unas cuantas veces en público, ya que ella siempre se había arrepentido del matrimonio arreglado con mi padre. Ella siempre había tratado de llevar su vida con felicidad y siempre comentaba que yo era lo único que la mantenía con fuerzas para seguir en la mentira de su matrimonio.
Rachel Bayle era mi madre. Una mujer de la alta sociedad británica, hija única y heredera de muchas tierras de Buckingham.
Mis pensamientos ante toda la multitud que se alejaba, se cortaron al sentir que me llamaban:
- Srita. Houston...- se escuchó ronco y serio. Era su voz que flotaba en mi cerebro, una que había pronunciado, por lo menos, mi apellido. Al darme vuelta, el civil estaba allí – Sé que no me debes conocer mucho pero soy...
- Nicholas Jonas...- mascullé.
- Si, ese soy yo... Y debe saber que era muy apegado a su padre – parecía resquebrajarse – Lo siento mucho.
- Gracias, yo también lo siento por Daniel – mis ojos bajaron al suelo pero una de sus manos, sorpresivamente, subió mi barbilla. Sus ojos oscuros y perlados me acogieron y un cortocircuito en mis sentimientos desvanecía mi fuerza para no llorar.
Pero no pude. Nicholas me vio acongojada y me abrazó estrechamente en su cuerpo, algo rígido pero lo suficiente como para sentirlo cerca.
- No llores Briana, todo estará bien...- susurró en mi oído.
- ¿Y cómo sabes que todo estará bien?- lo miré entre sus brazos y lloré desconsoladamente desesperada. No le veía mucho sentido a mi vida sin mi padre.
- Sé que todo estará bien porque te cuidaré...- dijo bajamente dulce. La faceta de soldado rudo se había ido y sólo yacía un joven dulce y protector.
- No necesito un guardaespaldas, Jonas – exclamé – Necesito el cariño de mi padre...
Él no me contestó y sólo me tomó del brazo, alejándonos de la muchedumbre que todavía quedaba en las puertas del cementerio.
Por las entradas había un pequeño parque colmado de árboles y flores, junto a unas bancas forjadas de hierro con bellos arabescos y madera oscura. Me invitó a sentar y se reclinó a mi lado. Se quitó rápidamente sus guantes de servicio y tomó mis manos entre esos dedos largos y fríos. Estaba mirándome con agobio y pena, pero también reflejaban pura dulzura.
- ¿Puedo contarte un secreto?
Asentí con la cabeza al sentir que no podía hablar entre las lágrimas que me asfixiaban.
- Si, Nicholas...- pude contestar.
Él sonrió tenuemente.
Era sumamente raro ver que un soldado de la talla importante sonriera con tal soltura.
- Cuando estaba de servicio en la contienda de Berlín, compartía el mismo pelotón con Daniel y con tu padre. Ese día, teníamos una misión de suma riesgo y el teniente me había explicado entre que nos preparábamos todo acerca de tu familia.
“- Jonas, mi hija lo es todo para mí – me dijo el coronel algo angustiado – Siempre pienso que algún día no la tendré y hoy es uno de esos días... ¿Me prometerías algo?- no dudé en aceptar su pedido – Si algo me pasara hoy o en el futuro, quiero que cuides a mi hija, me gustaría que ella sea feliz y tú eres el indicado para ello. ¿Lo harías por mí?”
Quedé petrificada ante lo que me decía...
- No dudé ni un segundo en prometerle aquello y ese día me regaló una fotografía tuya, la cual me enamoré con sólo verla una vez... Quiero que seas mi esposa, Briana... Quiero hacerte feliz, darte un hogar, hijos hermosos, una vida de amor...- suspiró con sus labios casi al borde de mi contacto – Sé mía, por favor – luego de esas palabras, sus labios acecharon los míos, sellando mi primer beso con verdadero sentimiento...
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