jueves, 31 de mayo de 2012

Justice Lover ~ Capítulo 2


- ¿Puedo contarte un secreto?
Lo miré volviendo en sí y sus manos no estaban tomadas de las mías como tampoco sus besos habían robado la inocencia de los míos.
- Si – le contesté queda. 
¿Dejavù o una alucinación despierta?
- En la base de Berlín, unas semanas antes del atentado, tu padre me hizo prometerle algo – lo miré atónita y el prosiguió – Me hizo prometerle que si le ocurría algo, yo te cuidaría.
Él me miró en espera de alguna respuesta.
- Nicholas, no sé qué decir...
- No digas nada, sólo quiero ser tu amigo, quiero protegerte en este momento difícil en tu vida.
Touchè. Amigos...
- Ya tienes suficiente con la tuya, Jonas. No creo necesitar ayuda más que la propia. Viví sola con mi madre toda mi infancia mientras mi padre desaparecía por meses o hasta años...- él me calló con un dedo sobre mis labios y quedé expectante.
- Sólo dime que me dejarás cuidarte...- otra vez, sus pupilas se deshacían ante las mías, cálidas, pétreas y observadoras – Quiero cumplir mi promesa.
- Bueno – le sonreí tímida – Sólo por mi padre.
Aquel muchacho sonrió más aliviado y su mano recorrió su nuca.
Miré hacia en confín del cementerio, perdida en sus palabras.
- ¿Cómo está tu madre?- cambió el tema.
- No lo sé – suspiré con sólo pensar en lo hipócrita que era mi madre y en toda la escena que había actuado en la iglesia y en el cementerio. Miré hacia la dirección de autos, no a muchos metros y sentí los dedos descubiertos de los guantes que me dirigían la barbilla a sus ojos.
- ¿Pasa algo, muchacha?- dijo dulcemente – Veo que algo te enoja o te incomoda.
- Mi madre – confesé – y su actuación de viuda en desgracia. 
Él me miró confundido.
- ¿Actuación?
Asentí avergonzada.
- Mi familia siempre fue algo desastrosa y la persona que me hacía feliz se ha ido. Ahora quedé sola con la bruja de mi madre...- se me torció la boca ante esos pensamientos.
- No creo que eso pase – sonrió de forma pícara – Ahora estoy yo en esta misión.
- ¿Por qué hablas como si fuera trabajo militar?
- Costumbre – se levantó del asiento y me ofreció su mano – Tu padre también debía haber hablado así ¿no?
- Si, me llamaba pequeña coronel...- mis ojos se aguaron y Nicholas me secó la lágrima que recorría mi mejilla.
- Lo seguirás siendo. Pero ahora tú serás mi coronel Houston como lo era tu padre.
Me había hecho reír.
- Bueno, tú serás mi cabo suelto...- él rió fuertemente, tanto que mi corazón casi erupciona. Nunca había hecho reír a un hombre que no sea mi padre. 
Nunca había tenido tanto diálogo con un hombre de mi edad. Su mano tomó la mía y por un momento, el satén de mis guantes negros estaba estorbando.
- Positivo, mi Coronel... Soy tu cabo – me apretó la mano con más fuerza mientras caminábamos hacia los autos y nuestros padres.
Mi madre nos vio y sentí que sus ojos quedaban azorados... 
¿Por qué?: Estaba caminando de la mano de Nicholas. La miré nerviosa y la solté, pero ya era tarde.
- ¿Este es el propósito de tu tardanza?- enarcó una ceja.
Quedé callada.
- No se preocupe, señora Houston, sólo estábamos platicando – sus manos estaban en la espalda, con esa postura milicia y soberbia, las piernas separadas a la distancia de los hombros y con sus ojos entrecerrados. Al contrario de aquel muchacho, los míos cayeron sumisos al suelo.
Mi madre nos siguió viendo extraño.
- No me creo ese cuento, señor Jonas.
- Soy Nicholas Jonas, señora. El señor Jonas es mi padre – le dijo amablemente.
- Bueno, Nicholas – enfatizó soberbia - ¿no has tenido en cuenta si la muchacha que te llevaste, que por razón es mi hija, puede estar ya comprometida para andar de tu mano?
Abrí los ojos asombrada. Nicholas quedó pálido.
- No entiendo, señora.
- Mi hija no puede estar con usted – espetó.
- ¡Madre! Eso es mentira.
- Ya no. Estoy arreglando tu matrimonio con el Teniente Joseph Miller, es lo que tu padre quisiera para ti.
Nicholas y yo quedamos absortos.
- ¿Qué?- exclamé al borde del colapso – Yo no que me quiero casar con él, no lo conozco.
- Ya tendrás tiempo para conocerlo – dijo dulcemente irónica – Ahora, aléjate de este cabo insulso...- me tomó del brazo y me quitó de su lado.
- No, mamá- le grité y me solté de su agarre – Él es mi novio.
Nicholas quedó petrificado ante mi mentira espontánea.
- ¿Qué dijiste?
- Si – corrí hacia Nicholas y lo abracé – Nicholas es mi novio, ¿no es cierto, Nick?- lo miré a los ojos y ellos le pidieron compasión.
- Veo que “tu novio” se ha enterado recién que lo es...- dijo fastidiosa y con un aire burlón.
- Eso es verdad – masculló Nicholas – Ella es mi novia...
Cuando escuché duramente de su voz que él me había seguido la mentira, el cuerpo se me estremeció.
Nicholas Jonas era mi novio.
- Hija, esto no lo puedo tolerar. No puedes estar con él.
- Si puedo, que no quieras tú es diferente y absurdo. Papá lo quería mucho y él mismo le ha pedido a Nicholas que me cuidase – dije conmocionada de dolor. Nicholas me abrazó por la cintura y una especie de calor se extendió por mi cuerpo, uno que nunca había sentido.
- Es cierto, señora... El Coronel Houston me ha confiado la vida y amor de su hija – suspiró y me sonrió. Por un instante, todo eso que decía lo sentí verdadero – Y ella ha aceptado mis sentimientos.
Mi madre parecía morirse de enojo.
- ¡No puede ser!- gritó – Aléjate de mi hija o lo lamentarás.
- Fueron las últimas órdenes del Coronel y yo las cumpliré incondicionalmente. No puede controlar ni entrometerse ante el amor que poseo por su hija.
Mi cabeza daba vueltas... 
¿De qué diablos hablaba Nicholas? ¿Qué estaba planeando?
- Yo lo quiero, mamá...- ultimaticé.
Ella no dijo nada y se metió al coche oscuro. Una nube cayó sobre mí ante la velocidad con la que el coche se alejó. Me había dejado en medio del cementerio con Nicholas, mi nuevo y supuesto novio.
- ¿Qué fue eso?- le pregunté asombrada a Nicholas.
- Dije que te cuidaría- sonrió – y si esta es la única manera, acepto el reto.
- Eso significa que estamos juntos – él asintió la cabeza seriamente – Entiendo, me apoyas pero por qué. Hay algo más allá de lo de mi padre, lo siento en tus ojos – lo vi raro - Dime.
- Aborrezco a Miller y no quiero que se te acerque –suspiró - Te hará daño, te hará hacer cosas impensables. Palabra de quién lo conoce y de su primo...- confesó.
- ¿Tu primo? ¿Miller es tu primo?
- Si, por mala suerte. Es el lado malo de mi familia – rió – y por eso, sé que no es para ti, muchacha.
Mis ojos cayeron al asfalto y me di cuenta de que mi madre me había abandonado a casi diez kilómetros de mi casa. Una vez más, aquella fuerte mano me acogió por la cintura. El peso de mi cuerpo se reclinó en su pecho.
- No sé cómo volveré a mi casa.
- Puedo llevarte, no te preocupes – las palmas de sus manos me acariciaron sobre la tela del vestido y me produjo algo indescriptible dentro de mí. Cerré los ojos embelesada – Vamos antes de que anochezca, muchacha, o mejor dicho, amor mío...- me tomó de la mano y me llevó hacia un automóvil negro lustrado, era un Chrysler como el de mi padre, el cual me hizo recordar muchas cosas con sólo sentir el tapizado de cuerina de los asientos traseros en mi espalda.
Nicholas me cerró la puerta y se sentó delante. 
Sus ojos vagaban esporádicamente en el retrovisor y se fijaban en los míos, esos que no sabía qué realmente le pasaban cuando él ponía esa mirada mordaz y protectora. No podía esconderme de aquella invitación a ver dentro de sus pupilas, allá lejos de todos sus temores, dentro de sus sentimientos.
Había decepción, vacío, una mancha oscura que no dejaba que yo lo mirase más allá de lo que él quisiese mostrarme.
Bajó sus ojos rápidamente y manejó sin decir una sola palabra.
El follaje de aquel otoño revestía las calles y senderos de un color ocre y cálido. El viento enfriaba el coche y me transportaban a un frío más interior que el clima, uno que iba a tardar en volver a su temperatura, un corazón que, por el momento, había decidido morir y dejarse llevar entre sus grietas, su dolor.
Observé la espalda de aquel hombre y tampoco sentí el suficiente calor para ahuyentar el recuerdo de mi padre, o siquiera su muerte.
Esta vez, él volteó en vez de mirarme por el espejo y su boca se torció suavemente. Mis hombros se encogieron tras el tamaño diminuto que mi cuerpo había tomado a comparación de Nicholas, ese que me había hecho sentir cuando me prometió cuidarme ante su gran complexión. Era como una muñeca de porcelana, una que en cualquier momento estallaría en fracciones pequeñas contra el suelo.
- ¿Está bien, señorita?- volvió con la formalidad.
Le contesté con un suspiro cansado y lo miré fija a sus ojos.
- Eso no me deja muy tranquilo – el auto dejó de moverse y él giró su cuerpo un poco más. 
- Tiene que estarlo - traté de sonreírle - porque yo estoy bien.
- No te creo realmente... ¿hay algo que pueda hacer por usted? – dijo de forma dulce.
- Sólo llevarme a casa, Nicholas. Aunque mi madre esté esperándote con la escopeta de mi padre en la puerta.
Él rió y enarcó sus cejas.
- Recuerda que soy un soldado, muchacha. Puedo defenderme...- volvió a tratarme informal, relajado.
- Lo dudo con mi madre – miré hacia la ventanilla – Si quieres, déjame aquí que estoy a cinco calles de mi casa – lo volví a mirar y él negó la cabeza.
- Eso no es ni una opción para ti. No sería muy caballero de mi parte – volvió hacia el volante y arrancó el coche.
- No necesito que seas un caballero.
- ¿Y qué necesitas que sea yo en tu vida, Briana?
Me dejó estupefacta.
- Yo...
- Llegamos – me interrumpió ni bien arribamos en la puerta de mi casa. Salió del coche y me abrió gentilmente la puerta. Había vuelto a enseriarse como el milico de la iglesia. Me sostuvo con su mano y la colocó en su brazo. Lo miré azorada pero él sólo caminaba hacia la entrada de mi casa con la cara inmutable y la mirada perdida hacia adelante, como si no pensara en cada paso y escalón que subía a la par mía.
Él golpeó con el llamador de hierro las grandes puertas de mi casa y se aclaró la voz. Yo seguía viéndolo confundida.
- No necesito que me escoltes hasta aquí.
- Si lo necesitas, o por lo menos no es en lo único que me necesitas.
- ¿A qué te refieres?
Me había puesto nerviosa.
- Me necesitas como novio...- sonrió disimuladamente mientras la puerta se abría frente a nuestras narices. Mi madre se había tomado la molestia de abrir las puertas con un sentimiento afligido en su rostro.
- Por fin llegaron.
Solté a Nicholas y lo miré a los ojos. Mi espalda cubría la vista de mi madre hacia él.
- Nos vemos, Nicholas...- le dije tímida y él acercó su rostro al mío.
Un beso tan inocente y húmedo me inundó, un beso tan raramente movilizador que la inercia me llevó a volver a caer en ellos.
- Nos vemos, amor – me sonrió y por encima de mi hombro inclinó su cabeza en saludo a mi madre, la cual yacía a mis espaldas mirando toda esa escena.
Volteé en algún trance mágico y ella estaba con los brazos cruzados. Estaba esperando una explicación.

sábado, 19 de mayo de 2012

Justice Lover ~ Capítulo 1



La justicia siempre había sido parte del ámbito de mi hogar: armas, uniformes y militares era vida normal para mí y mis padres. 
Después de saber lo que se siente perder a alguien especial en tu vida a causa de la violencia, las guerras y el terrorismo, nadie quisiera seguir esos pasos. 
No era tiempo de acordarme de él pero un simple recuerdo grato me hacía sonreír. Las cosas que había sentido por aquel compañero de tropa de mi padre, la persona que dio su vida por mí y el único que había podido conquistar algo más que un territorio, me había atrapado con el simple brillo de sus serios y pequeños ojos. El color chocolate oscuro y el palpitar de sus pupilas me hacían estremecer ante el mínimo contacto. 
Su aparición en mi vida había sido parte de una reunión condecorativa de mi padre y, la segunda vez, en el funeral de la persona que más quería y tenía en mi vida como lo era mi papá. 
La camisa azul y su chaquetilla de alpacuna más azulada, lo contrastaban en la misa junto a sus compañeros, su mirada perdida y seria hacia adelante mientras una boina de pana negra se le acomodaba en el cabello corto oscuro y un poco rizado. Sus condecoraciones plateadas y doradas, sus premios al valor lo hacían tan despampanantemente importante con sólo veintidós años de edad. 
Ni bien empezaron a nombrar a los soldados caídos en Alemania, el nombre de su hermano mayor estaba allí como el de mi padre. Sus ojos bajaron al alfombrado y su postura rígida parecía abandonarlo. Se lo sentía algo ahogado pero seguía manteniéndose en forma queda. La iglesia era un escenario tan desconsolado entre las madres y esposas de los soldados, las líneas de la tropa de ese muchacho se centraban en el luto con la banda negra en su brazo derecho y sus manos en su espalda. 
Yo estaba sentada junto a mi madre, las dos compartiendo el negro luto con vestidos entallados largos y tan poco esperados de usar sino eran para un familiar anciano. Mis lágrimas se acongojaban al escuchar mi apellido:
- Cnel. Houston – él me miró a la vez que mi madre no podía dejar de llorar a mi lado. Bajé la mirada al instante que se apegó a la mía. No era momento de pensar en él.
Mientras terminaba el acto para los soldados, mi cabeza me repetía más de mil veces que debía enamorarme de alguien que no esté en la milicia, ya que había sufrido toda mi vida la ausencia de mi padre y no lo quería para mis hijos. Aunque mi padre quería que me desposara con un buen hombre de alto rango en las Fuerzas Armadas, no me apetecía tanto saber que si me enamorara más allá del arreglo matrimonial, mi esposo moriría a sangre fría en batalla. No quería eso para nadie más en este mundo.
Todos se decían sus condolencias mientras los soldados, el muchacho y sus compañeros, se iban formando en una fila perfecta y alejándose de la catedral. Era hora de que todo comience su curso de nuevo, sin mi padre, sin los ojos de aquel muchacho, sin más pesares...
Caminé del brazo de mi madre hacia el auto que nos esperaba.
Allí volvía a estar. Tenía la misma expresión reservada y desorientada. Sus padres estaban con él, viendo como él caía en los brazos de su madre en total tristeza como si toda esa severa seriedad se haya esfumado por completo. Después de todo, no tenía más a su hermano.
Mi madre caminó hacia el chofer del auto y vi cómo le pedía que le abriera la puerta. Yo sólo podía distinguir la diferencia de clases con Nicholas, la forma cálida en que ellos se resguardaban de la pérdida, presintiendo que se irían todos a su gran casa a estar juntos.
Eso no me tocaba a mí.
Mi madre no lo había amado lo demasiado a mi padre para llorarlo más de unas cuantas veces en público, ya que ella siempre se había arrepentido del matrimonio arreglado con mi padre. Ella siempre había tratado de llevar su vida con felicidad y siempre comentaba que yo era lo único que la mantenía con fuerzas para seguir en la mentira de su matrimonio.
Rachel Bayle era mi madre. Una mujer de la alta sociedad británica, hija única y heredera de muchas tierras de Buckingham.
Mis pensamientos ante toda la multitud que se alejaba, se cortaron al sentir que me llamaban:
- Srita. Houston...- se escuchó ronco y serio. Era su voz que flotaba en mi cerebro, una que había pronunciado, por lo menos, mi apellido. Al darme vuelta, el civil estaba allí – Sé que no me debes conocer mucho pero soy...
- Nicholas Jonas...- mascullé.
- Si, ese soy yo... Y debe saber que era muy apegado a su padre – parecía resquebrajarse – Lo siento mucho.
- Gracias, yo también lo siento por Daniel – mis ojos bajaron al suelo pero una de sus manos, sorpresivamente, subió mi barbilla. Sus ojos oscuros y perlados me acogieron y un cortocircuito en mis sentimientos desvanecía mi fuerza para no llorar. 
Pero no pude. Nicholas me vio acongojada y me abrazó estrechamente en su cuerpo, algo rígido pero lo suficiente como para sentirlo cerca.
- No llores Briana, todo estará bien...- susurró en mi oído.
- ¿Y cómo sabes que todo estará bien?- lo miré entre sus brazos y lloré desconsoladamente desesperada. No le veía mucho sentido a mi vida sin mi padre.
- Sé que todo estará bien porque te cuidaré...- dijo bajamente dulce. La faceta de soldado rudo se había ido y sólo yacía un joven dulce y protector.
- No necesito un guardaespaldas, Jonas – exclamé – Necesito el cariño de mi padre...
Él no me contestó y sólo me tomó del brazo, alejándonos de la muchedumbre que todavía quedaba en las puertas del cementerio. 
Por las entradas había un pequeño parque colmado de árboles y flores, junto a unas bancas forjadas de hierro con bellos arabescos y madera oscura. Me invitó a sentar y se reclinó a mi lado. Se quitó rápidamente sus guantes de servicio y tomó mis manos entre esos dedos largos y fríos. Estaba mirándome con agobio y pena, pero también reflejaban pura dulzura.
- ¿Puedo contarte un secreto?
Asentí con la cabeza al sentir que no podía hablar entre las lágrimas que me asfixiaban.
- Si, Nicholas...- pude contestar. 
Él sonrió tenuemente. 
Era sumamente raro ver que un soldado de la talla importante sonriera con tal soltura.
- Cuando estaba de servicio en la contienda de Berlín, compartía el mismo pelotón con Daniel y con tu padre. Ese día, teníamos una misión de suma riesgo y el teniente me había explicado entre que nos preparábamos todo acerca de tu familia.
“- Jonas, mi hija lo es todo para mí – me dijo el coronel algo angustiado – Siempre pienso que algún día no la tendré y hoy es uno de esos días... ¿Me prometerías algo?- no dudé en aceptar su pedido – Si algo me pasara hoy o en el futuro, quiero que cuides a mi hija, me gustaría que ella sea feliz y tú eres el indicado para ello. ¿Lo harías por mí?”
Quedé petrificada ante lo que me decía...
- No dudé ni un segundo en prometerle aquello y ese día me regaló una fotografía tuya, la cual me enamoré con sólo verla una vez... Quiero que seas mi esposa, Briana... Quiero hacerte feliz, darte un hogar, hijos hermosos, una vida de amor...- suspiró con sus labios casi al borde de mi contacto – Sé mía, por favor – luego de esas palabras, sus labios acecharon los míos, sellando mi primer beso con verdadero sentimiento...


Por Victoria María Martínez